El MANUSCRITO GÜLICH

*Por Vidal Mario –

Este Día del Indio Americano es una fecha propicia para recordar una vez más que la compulsiva ocupación del Nuevo Mundo por parte de la Corona española no se fundó en derechos adquiridos y legítimos sino en cinco bulas papales.
Es un día para recordar además que los horrores cometidos contra los indígenas ofendieron a la razón y a la justicia.
Y que el yugo que se impuso a esos pueblos hasta entonces libres fueron un ultraje inferido en nombre de un desmedido y avaricioso enriquecimiento material.
La Iglesia, a costa de esos mismos pueblos aborígenes, tuvo una actuación que ofendió la enseñanza de Jesús.
Muchos miembros de la Iglesia estuvieron involucrados en esa extraordinaria mezcla de fuerza, crueldad, estupidez y avaricia que condujo al exterminio indígena.
Eso fue reconocido por el papa Juan Pablo II cuando en 1992 desde Perú pidió perdón en nombre de la Iglesia a los pueblos originarios de todo el continente.
El pontífice polaco admitió que el 12 de octubre de 1492 fue el día en que los habitantes originarios de América comenzaron a experimentar “la humillación a manos del mal”.
Si de conducta anti cristiana se trata, uno no puede dejar de recordar que los jesuitas, por ejemplo, en el puerto de Buenos Aires compraban negros cazados como monos en el África para hacerlos trabajar en sus estancias de Córdoba.
¿Alguien se imagina a Jesús comprando esclavos para hacerlos trabajar en sus propiedades?.
Ahí estaba también esa misma Orden, fundada por un militar español al que luego la Iglesia convirtió en santo, explotando para provecho propio y de la Corona española a millares de indios guaraníes de la “Provincia Jesuítica del Paraguay”.
Por más que la historia eclesiástica asegure que sólo se trataba de enseñarles el camino de la salvación y de la civilización europea, la verdad es que lo hecho por los jesuitas con los indios fue una forma vil de explotación humana.
De nuevo, ¿alguien imagina a Jesús encerrando a sus prójimos en reducciones para, con el cuento de salvar sus almas, hacerles trabajar en provecho propio o usarlos como carne de cañón en las guerras?.
Porque muchas veces se usó al indio como soldado.

Morir por Colonia

Una de esas veces fue en 1704. España le había declarado la guerra a Portugal. Un portugués, Manuel Lobo, 24 años atrás había fundado la actual ciudad de Colonia (Uruguay) con el nombre de Nova Colonia do Santissimo Sacramento.
El 13 de abril de ese mismo año, el rey español ordenó a los jesuitas de Córdoba organizar un ejército de indios guaraníes para reforzar las tropas españolas que invadirían Colonia.
Armaron un ejército de 4.000 aborígenes sacados de las reducciones del Paraná y del Uruguay; 6.000 caballos, 2.000 mulas, 40 balsas, y armas para cada indio.
El ejército aborigen marchó hacia Colonia comandado por los sacerdotes José Tejeda, Pedro de Montenegro, Jerónimo Herrán, Juan de Anaya y Paulo Restivo, éste último venido de Córdoba.
Luego de once meses de combate, Colonia cayó en manos de los españoles, y el 17 de marzo de 1705 los indios guaraníes sobrevivientes volvieron a sus reducciones.
Según la Certificación Authéntica, el saldo de la guerra fue de 330 españoles muertos, y 200 heridos.
Ni una mención a los muertos y heridos indígenas. No fueron recordados, ni tenidos en cuenta.

Los besamanos

Documentos de la época de las reducciones conservadas en universidades europeas revelan cómo los jesuitas maltrataban a los indios guaraníes bajo su poder.
Dichos documentos fueron escritos en guaraní por dos razones: evitar su lectura en Europa y que lo usaran en contra de los intereses de la Orden jesuita.
Sobre tales maltratos, el jesuita Anton Sepp von Recheegs (más conocido como Antonio Sepp) escribió en su libro “Viaje a las misiones jesuíticas, y trabajos apostólicos”:
“Hay que instigarlos de palabra y hasta con el azote. Esto lo aplica un indio a otro por orden del misionero, como lo hace el maestro con el alumno, de suerte que el indio castigado jamás se queja ni da la menor señal de impaciencia. Al contrario, después de aplicarles el castigo se van al Padre, le besan la mano y le dicen lo siguiente: “Padre mío, mil gracias por haberme con el castigo dado conocimiento y juicio de hombre, que no tenía”.
A su vez, el denominado Manuscrito Gülich, que contiene documentos lingüísticos inéditos en guaraní, reporta éste curioso diálogo entre un sacerdote y un indígena llamado Peru, acusado de haber robado y carneado un buey:
“Padre: ¿De dónde has aprendido a esquivar tanto, hombre?. ¿Por qué será que me esquivas tanto?. ¿Por qué me has engañado tanto?.
Peru: Padre, por mi estupidez les he robado a mis prójimos ayer. Sólo por miedo no te he contado todo, Padre. Yo tenía un gran miedo del azote, y fue por ese miedo que no te he contado todo, Padre. Perdóname, Padre. No lo haré más.
Padre: Está bien, mi hijo. Pero por haberme engañado recibirás azotes, y también por no haberlo contado todo.
Peru: ¿Me golpearán?. Por misericordia no, Padre mío. Porque el azote es muy doloroso. Me humillará el azote, Padre mío. No, no seguiré así. Ya he escuchado tu voz, santo Padre.
Padre: Vete ahora, que te castigarán solamente un poco. No durará mucho, hijo mío. Y luego, que vengas a besar mis manos. Después vete a tu casa para comer”.
El Manuscrito Gülich (presentado por científicos en la Universidad de La Sorboba, Francia) consigna que el mismo sacerdote arriba señalado en cierta oportunidad ordenó castigar a un niño por no presentarse a trabajar en la chacra.
El cura le dijo al que oficiaba de cuidador de niños: “Que lo azotes bien a este niño. Pégale bien doce veces hasta pelarlo, que llore, que le duela. Llévenlo después al calabozo del alguacil, y tránquenme la puerta con una piedra”.
El Manuscrito dedica varias líneas a la reacción de la madre y de la hermana del niño:
“Su madre: Mira, es tu pobre hermanito, ¡cómo lo tratan!.
Su hermana: ¡Dios mío, mi señor!. No le tienen compasión a mi pobre hermanito”.
No se informa la razón por la cual le dieron doce golpes al pequeño aborigen, cuando que la máxima cantidad de azotes para los niños era cuatro.
Se comprende el espanto que se apoderó tanto de la madre como de la hermana, porque en la cultura guaraní el castigo físico a los niños era desconocido e impensable.

Jesuitas S.A.

No es cierto aquello de que los jesuitas conquistaron y evangelizaron a los guaraníes sin más arma que una cruz en la mano.
Cuando los mismos aparecieron por estas regiones, hacía tiempo que ellos habían sido aplastados por los soldados de la Corona española, y sometidos a su voluntad.
Aparecieron como “soldados de la fe” destinados a llevar de la mano a los indios hacia la salvación de sus almas.
En realidad fueron magnates feudales que vinieron a ensayar un sistema empresarial hasta entonces desconocido en América y, como tales, alimentaron las arcas de la Iglesia y de la realeza hispana.

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