FRANCIA CAMPEÓN DEL MUNDO, COMO HACE 20 AÑOS

Brutal en su construcción colectiva, dulce en sus destellos de placer, el equipo dirigido por Deschamps hizo justicia.
El hombre del cabello color plata ya abrazó uno por uno a todos sus jugadores.  A todos. A Mbappé, a ese chico de 19 años que con su sonrisa blanca pinta todo el estadio, a ese pibe que acaba de convertirse en el futbolista más joven después de Pelé en pegar un impacto de semejante trascendencia. También a Griezmann, a ese delantero ultrageneroso que juega muy bien para el equipo, especialista en la pelota parada y clave en los tres primeros goles, el mismo que ahora se muerde la camiseta y llora porque empieza a caer en lo que acaba de lograr. Ese señor, que fue campeón del mundo hace 20 años como jugador y ahora repite como entrenador, además ya apretó a Pogba, a ese negro simpático que le pone color con su talento al mediocampo, capaz de convertirse en decisivo de repente.

Ahora que ya no tiene a otro futbolista por abrazar, Didier Deschamps queda a disposición de sus muchachos de pantalones cortos. Entonces, ellos a él lo elevan con felicidad total. Lo tiran hacia arriba y lo rescatan, una y otra vez. No suena a episodio forzado. Parece ser la postal de un equipo de verdad, con un técnico que acumula media docena de años, con una formación que no se quebró tras perder la final de la Eurocopa 2016, con intérpretes que combinan diversos rasgos para desarrollarse en un partido desde distintos lugares, desde la frialdad de una estrategia de espera, desde la explosión del contraataque, desde las jugadas con pelota detenida, desde el repentino estallido de las fantasías que algunas de sus individualidades encierran. Es Francia. El campeón del mundo. Brutal en su construcción colectiva. Dulce en sus destellos de placer. Indiscutible.

*Por Enrique Gastañaga (Diario Clarín ) 

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